sábado, 15 de septiembre de 2018


Ollas: Marcar con sangre.

El secuestro y la tortura a una docente. Lo ominoso y mortífero desatado. Retorno.

El repudiable crimen pone sobre la mesa la perversa renegación del modelo Cambiemos: no solo llevar al cuerpo social a la degradación material y simbólica sino también desentenderse del daño que causa. No basta con hambrear, es preciso que no se vea, es preciso aniquilar la solidaridad. Las puertas de las escuelas deben estar limpias, la escenografía debe ser de total normalidad. No solo llevarse puesta a una comunidad, sino anular cualquier signo que pudiese hacer mella en la siniestra sonrisa de la alegría.

Las ollas interrumpen, ofrecen destellos, dan calor, alimento, enseñan y se dejan enseñar. Las ollas hacen ruido en el silencio atronador de la indiferencia y la indolencia. Las ollas y las manos de quienes las sirven son temidas porque atentan contra el dios mercado, mostrando que no todo se vende, no todo se compra, que una olla popular es un lugar de encuentro, donde se tramita la solidaridad, la empatía y el cariño por el prójimo.

Las ollas ponen en evidencia la extensión de la más penosa y silencio enfermedad: el hambre; frente al cual las ollas son la medicina que calma y alivia, no solo la panza sino también la subjetividad de quien acude, que entonces sabe que no está solo. 


El miserable acto cometido sobre el cuerpo de Corina de Bonis, no surge de la nada. Persecución, represión, estigmatización de los docentes y de la tarea educativa en general, desmantelamiento y desfinanciación del sistema de educación pública al mismo tiempo que la penosa tarea del andamiaje mediático gubernamental empeñado en minar, mortificar y desarmar los lazos sociales entre los docentes y la comunidad. En ese contexto la subjetividad que sostiene el punzón, que lacera la piel de una maestra muestra la horrenda materialización de la disociación y la anulación de cualquier dique de contención al odio y la crueldad, de frenos y articulaciones que posibiliten la convivencia social. Inscribir, en la piel del otro, tomar el cuerpo y pervertirlo, extraerle un plus de padecer. No basta con amenazarla, perseguirla o golpearla, el perverso precisa un poco más de sufrimiento de su víctima. El otro, el cuerpo de ese otro es tomado y reducido a su pura materialidad, objetivizado, para en él escribir y marcar queriendo tachar lo que esa mujer representa: Las ollas, la solidaridad, una reserva moral que custodia y protege la vida de cientos de chicos hambreados por un gobierno indolente y cruel que en su infinita cobardía solo puede buscar culpables del sufrimiento que infringe.

El macabro recurso, del “grupo de tareas”, sea este autoconvocado u ordenado en alguna trastienda gubernamental, en su repudiable vileza, es además inútil y fracasado, ya que, al lastimar a Corina, inscribe y marca de forma indeleble, ya en el cuerpo social, aquello que quiere borrar: Las ollas, el ruido silencioso de los que a su paso siembran solidaridad, revelando al mismo tiempo, la desnudez de un rey y un gobierno decadente.

Gonzalo Grande

Psicoanalista

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