Ollas: Marcar con sangre.
El secuestro y la tortura a una docente. Lo ominoso y
mortífero desatado. Retorno.
El repudiable crimen pone sobre la mesa la perversa
renegación del modelo Cambiemos: no solo llevar al cuerpo social a la
degradación material y simbólica sino también desentenderse del daño que causa.
No basta con hambrear, es preciso que no se vea, es preciso aniquilar la
solidaridad. Las puertas de las escuelas deben estar limpias, la escenografía
debe ser de total normalidad. No solo llevarse puesta a una comunidad, sino
anular cualquier signo que pudiese hacer mella en la siniestra sonrisa de la
alegría.
Las ollas interrumpen, ofrecen destellos, dan calor,
alimento, enseñan y se dejan enseñar. Las ollas hacen ruido en el silencio
atronador de la indiferencia y la indolencia. Las ollas y las manos de quienes
las sirven son temidas porque atentan contra el dios mercado, mostrando que no
todo se vende, no todo se compra, que una olla popular es un lugar de
encuentro, donde se tramita la solidaridad, la empatía y el cariño por el
prójimo.
Las ollas ponen en evidencia la extensión de la más penosa y
silencio enfermedad: el hambre; frente al cual las ollas son la medicina que
calma y alivia, no solo la panza sino también la subjetividad de quien acude,
que entonces sabe que no está solo.
El miserable acto cometido sobre el cuerpo de Corina de
Bonis, no surge de la nada. Persecución, represión, estigmatización de los
docentes y de la tarea educativa en general, desmantelamiento y desfinanciación
del sistema de educación pública al mismo tiempo que la penosa tarea del
andamiaje mediático gubernamental empeñado en minar, mortificar y desarmar los
lazos sociales entre los docentes y la comunidad. En ese contexto la
subjetividad que sostiene el punzón, que lacera la piel de una maestra muestra
la horrenda materialización de la disociación y la anulación de cualquier dique
de contención al odio y la crueldad, de frenos y articulaciones que posibiliten
la convivencia social. Inscribir, en la piel del otro, tomar el cuerpo y
pervertirlo, extraerle un plus de padecer. No basta con amenazarla, perseguirla
o golpearla, el perverso precisa un poco más de sufrimiento de su víctima. El
otro, el cuerpo de ese otro es tomado y reducido a su pura materialidad,
objetivizado, para en él escribir y marcar queriendo tachar lo que esa mujer
representa: Las ollas, la solidaridad, una reserva moral que custodia y protege
la vida de cientos de chicos hambreados por un gobierno indolente y cruel que
en su infinita cobardía solo puede buscar culpables del sufrimiento que
infringe.
El macabro recurso, del “grupo de tareas”, sea este
autoconvocado u ordenado en alguna trastienda gubernamental, en su repudiable
vileza, es además inútil y fracasado, ya que, al lastimar a Corina, inscribe y
marca de forma indeleble, ya en el cuerpo social, aquello que quiere borrar:
Las ollas, el ruido silencioso de los que a su paso siembran solidaridad,
revelando al mismo tiempo, la desnudez de un rey y un gobierno decadente.
Gonzalo Grande
Psicoanalista

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