sábado, 15 de septiembre de 2018

Ley de Interrupcion Voluntaria del Embarazo

No se trata de decidir si aborto sí o no.
No se trata de legislar a partir de la convicción subjetiva individual en relación a una creencia o percepción.
Se trata de resguardar la vida de miles de mujeres que por no contar con recursos mueren por abortos mal practicados.
Se trata de reconocer el derecho de cada mujer a decidir sobre su cuerpo.
Se trata de poder poner en tensión esta idea de que la mujer antes que un sujeto es una madre en potencia y solo el acceso a dicha condición la realiza como tal. Nada más falso. Los que trabajamos en la clínica psicoanalítica y en general en salud mental podemos dar cuenta cabalmente de esto: mujer no es igual a madre. Tal imposición no es otra cosa que un ejercicio de violencia y prepotencia.
Se trata de resguardar la ética del deseo por sobre el imperativo metafísico y la creencia individual.
Se trata de que la ley no debe legislar cuestiones vinculadas a las creencias religiosas, metafísicas o suposiciones, sino que debe ofrecer un marco que contenga a todas independientemente de su creencia o su aspiración espiritual.

Se trata de terminar con una desigualdad avergonzante dónde las mujeres de clases medias y altas tienen la posibilidad de recurrir a asistencia médica idónea para la interrupción de un embarazo. Mientras que las mujeres pobres, muchas de ellas muy jóvenes o menores, a las que se suman las víctimas de violación intraparental que no llegan a la denuncia, mueren de la manera más aberrante al intentar un aborto por no contar con dichos recursos.
Un embarazo no puede estar obligado por una ley por mucho que se pretenda benéfica, sino por el deseo, patrimonio singular de cada una, una por una y fuera de toda ficción jurídica.

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