Yo estuve allí. Uno de esos momentos en que me sentí testigo de una parte de la historia. Una plaza, llena, llenísima, autoconvocada, transversal. Obreros, estudiantes, oficinistas, profesionales, intelectuales, artistas, periodistas, jóvenes, madres, abuelas, abuelos, familias, amig@s, mujeres y hombres de a pie, militantes.
¿Qué movía a las más de 700.000 personas que se dieron cita allí? No era un festejo deportivo, tampoco el festejo de un cheque en blanco con el que cuenta, por lo general, cualquier mandatario al iniciar su gestión, ni la convocatoria de un paro general en un momento de crisis, tampoco eran columnas de un aparato político, más allá que también estuviesen.
¿Qué movía a las más de 700.000 personas que se dieron cita allí? No puedo arrogarme una respuesta conclusiva, pero ensayo algunas. Nos movía la necesidad de juntarnos, de sabernos con el otro. Nos encontramos por el cariño, la convicción, la gratitud y también para mostrar que no estamos dormidos, que esas más de 700.000 almas en ese enorme y colectivo abrazo necesitábamos saber que no estábamos solos y aliviarnos y de las incontables agresiones y subjetivaciones sufridas, huelga enumerarlas, pero que iban desde ladrones hasta seres inferiores, que estábamos armados, que queríamos prender fuego todo, que nos empujaba una prebenda económica. Uf, una larguísima lista de difamaciones y de fantasmas de quienes de no mirarse en lo profundo de su propio espejo encontraron en el otro al mal.
Se escuchó con atención a esa mujer. Hubo fervor, lágrimas, baile, cantos, abrazos, miradas de reconocimiento que hacían de un extraño un par, hubo respeto. No hubo ataúdes, ni carteles con agravios hacia nadie, ni vómitos odiosos. Sentí la expresión de un pueblo que salió a despedir a una de las líderes que no solo ya se ha inscripto en la historia, sino también en el corazón de muchos argentinos. Alguien que con aciertos y errores, puso todo, perdió a su compañero en el camino y siguió, le enseñó a muchos de qué se trata la política, nos ilustro sobre geopolítica, sobre economía, sobre la situación global. Una mujer que nos mostró de que se trata la patria, que nos enseñó que no es una palabra vacía, un slogan vapuleado, sino lleno de un hermoso contenido y de una ética profundamente humana. La patria es el otro. Eso este pueblo lo agradeció, como agradeció las conquistas y el reconocimiento de derechos, y la incontable cantidad de logros. Una marea que elaboraba con otros, un duelo, sí, el de un vacío de alguien querido, que ya no iba a estar allí, al menos desde ese lugar, para hablarles, interpretarlos, representarlos. Que se retira, con honor, sin fueros y con enorme dignidad.
Yo estuve allí, me sentí testigo de la historia, de una historia nueva, porque nunca en nuestro país un presidente se retiró de esa forma luego de 2 mandatos consecutivos formando parte, además, de un proyecto que se extendió por 12 años en plena democracia y libertad.
Al estar, al moverme entre esa multitud, no pude evitar asociar cuando también estuve allí un 21 de diciembre de 2001, cuando también se retiraba un presidente electo y en lugar de alegría, de paz y concordia hubo violencia, sangre y muerte. Ayer caminaba por la bella Avenida de Mayo junto a una impresionante columna en la impecable desconcentración, que por cierto, no necesito de agentes de seguridad, de hidrantes o equinos y recordé los llantos, los gritos, el miedo, el fuego y el humo que sufrimos hace 14 años, donde por esa misma Avenida se corría para escapar de los gases lacrimógenos, de las balas de goma, de la montada y sus palos. Yo estuve allí, esta vez era otra cosa, eso también se estaba agradeciendo. Los locales, quioscos, bares y pizzerías estaban abiertos, no había miedo, no había suspicacia, sino la convicción de que esto era otra cosa. Sí otra cosa.
Yo estuve allí, con la inmensa alegría de sentirme testigo y parte de ese momento que sello a fuego la certeza de un pueblo empoderado, libre, soberano y con convicciones.
Gonzalo Grande
Psicólogo Psicoanalísta
¿Qué movía a las más de 700.000 personas que se dieron cita allí? No era un festejo deportivo, tampoco el festejo de un cheque en blanco con el que cuenta, por lo general, cualquier mandatario al iniciar su gestión, ni la convocatoria de un paro general en un momento de crisis, tampoco eran columnas de un aparato político, más allá que también estuviesen.
¿Qué movía a las más de 700.000 personas que se dieron cita allí? No puedo arrogarme una respuesta conclusiva, pero ensayo algunas. Nos movía la necesidad de juntarnos, de sabernos con el otro. Nos encontramos por el cariño, la convicción, la gratitud y también para mostrar que no estamos dormidos, que esas más de 700.000 almas en ese enorme y colectivo abrazo necesitábamos saber que no estábamos solos y aliviarnos y de las incontables agresiones y subjetivaciones sufridas, huelga enumerarlas, pero que iban desde ladrones hasta seres inferiores, que estábamos armados, que queríamos prender fuego todo, que nos empujaba una prebenda económica. Uf, una larguísima lista de difamaciones y de fantasmas de quienes de no mirarse en lo profundo de su propio espejo encontraron en el otro al mal.
Se escuchó con atención a esa mujer. Hubo fervor, lágrimas, baile, cantos, abrazos, miradas de reconocimiento que hacían de un extraño un par, hubo respeto. No hubo ataúdes, ni carteles con agravios hacia nadie, ni vómitos odiosos. Sentí la expresión de un pueblo que salió a despedir a una de las líderes que no solo ya se ha inscripto en la historia, sino también en el corazón de muchos argentinos. Alguien que con aciertos y errores, puso todo, perdió a su compañero en el camino y siguió, le enseñó a muchos de qué se trata la política, nos ilustro sobre geopolítica, sobre economía, sobre la situación global. Una mujer que nos mostró de que se trata la patria, que nos enseñó que no es una palabra vacía, un slogan vapuleado, sino lleno de un hermoso contenido y de una ética profundamente humana. La patria es el otro. Eso este pueblo lo agradeció, como agradeció las conquistas y el reconocimiento de derechos, y la incontable cantidad de logros. Una marea que elaboraba con otros, un duelo, sí, el de un vacío de alguien querido, que ya no iba a estar allí, al menos desde ese lugar, para hablarles, interpretarlos, representarlos. Que se retira, con honor, sin fueros y con enorme dignidad.
Yo estuve allí, me sentí testigo de la historia, de una historia nueva, porque nunca en nuestro país un presidente se retiró de esa forma luego de 2 mandatos consecutivos formando parte, además, de un proyecto que se extendió por 12 años en plena democracia y libertad.
Al estar, al moverme entre esa multitud, no pude evitar asociar cuando también estuve allí un 21 de diciembre de 2001, cuando también se retiraba un presidente electo y en lugar de alegría, de paz y concordia hubo violencia, sangre y muerte. Ayer caminaba por la bella Avenida de Mayo junto a una impresionante columna en la impecable desconcentración, que por cierto, no necesito de agentes de seguridad, de hidrantes o equinos y recordé los llantos, los gritos, el miedo, el fuego y el humo que sufrimos hace 14 años, donde por esa misma Avenida se corría para escapar de los gases lacrimógenos, de las balas de goma, de la montada y sus palos. Yo estuve allí, esta vez era otra cosa, eso también se estaba agradeciendo. Los locales, quioscos, bares y pizzerías estaban abiertos, no había miedo, no había suspicacia, sino la convicción de que esto era otra cosa. Sí otra cosa.
Yo estuve allí, con la inmensa alegría de sentirme testigo y parte de ese momento que sello a fuego la certeza de un pueblo empoderado, libre, soberano y con convicciones.
Gonzalo Grande
Psicólogo Psicoanalísta
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